| 27/ 01/ 2010
Vladímir Yevséev, RIA Novosti*
El pasado 19 de enero, las autoridades de Irán negaron su espacio aéreo a un avión de transporte de Rusia, con un caza Su-27 a bordo que se dirigía a Bahrein para participar en el Salón Aeronáutico Bahrein Air Show 2010.
Teherán explicó que el rechazo se debió a que Moscú tardó en solicitar la autorización correspondiente, y para muchos, esta situación demostró un cierto enfriamiento en las relaciones ruso-iraníes.
El mismo día el asunto se solucionó, las autoridades iraníes permitieron el vuelo del avión ruso. ¿Fue acaso una confusión ocasional en las relaciones entre Teherán y Moscú, cada más estrechas?
No obstante, las relaciones ruso-iraníes han empezado a empañarse desde junio de 2009, tras las elecciones presidenciales en Irán, seguidas de acciones de protesta masivas en Teherán por irregularidades denunciadas por la oposición.
Pasados unos días, en la ciudad rusa de Ekaterimburgo (los Urales) tuvo lugar una cumbre de la Organización de Cooperación de Shangai (OCS), a la que asistió el presidente de Irán, Mahmud Ahmadineyad, en calidad de observador.
La parte rusa afrontó una situación complicada, pues ante la presencia de Ahmadineyad, de hecho, se vio obligada a reconocer la victoria del mandatario iraní en los comicios, lo que provocó una virulenta reacción por parte de la oposición iraní.
Y no obstante, el gobierno ruso así lo hizo, con el ánimo de promover las relaciones con la República Islámica, ante todo, en el ámbito de cooperación militar y el uso pacífico de energía atómica.
Las relaciones entre Rusia e Irán se complicaron aún más el pasado mes de septiembre, cuando el presidente estadounidense, Barack Obama, informó a su homólogo ruso, Dmitri Medvédev, sobre la construcción de una nueva planta secreta para el enriquecimiento de uranio en las proximidades de la ciudad sagrada iraní de Qom.
La noticia comprometió la reputación del programa nuclear iraní en Rusia que en varias ocasiones recurrió a su derecho a veto cuando el Consejo de Seguridad de la ONU proponía imponer sanciones contra Irán, y continuó su cooperación con la República Islámica en el uso pacífico de la energía atómica, a pesar de las enérgicas críticas por parte de países occidentales.
En consecuencia, el Kremlin tuvo que aceptar la posibilidad de nuevas sanciones contra Irán.
Las relaciones ruso-iraníes pudieron mejorar en el curso de las negociaciones sostenidas en Ginebra entre los cinco miembros permanentes del Consejo de Seguridad de la ONU (China, EEUU, Francia, Gran Bretaña y Rusia), Alemania e Irán. Teherán aceptó visita de inspectores a la planta en construcción de Qom que se realizó a finales de octubre.
Tras consultas técnicas en Viena, los representantes del Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA), Irán, Francia, Rusia y EEUU acordaron que el uranio iraní sería enviado al extranjero para completar el ciclo de su enriquecimiento. El acuerdo responde a los intereses de Irán ante la imposibilidad de comprar combustible nuclear para su reactor debido a las sanciones adoptadas por el Consejo de Seguridad de la ONU.
También en octubre pasado, Moscú intentó impulsar la cooperación militar con Irán, con el suministro de cinco grupos de misiles antiaéreos S-300 de mediano y largo alcance. El respectivo contrato fue firmado hace unos años, pero Rusia había postergado su cumplimiento por motivos políticos.
Parecía que todo marchaba bajo ruedas, las autoridades iraníes consintieron enviar gran parte de sus reservas de uranio al extranjero, paso favorable para la comunidad internacional y para Rusia.
Sin embargo, la República Islámica empezó a dilatar el cumplimiento de sus compromisos con el fin de guardar en su territorio la mayor parte de su uranio débilmente enriquecimiento que, una vez enriquecido, puede servir para producir más de 60 kg de kilogramos para fabricar armas nucleares (unos 25 kilogramos de uranio enriquecido es suficiente para crear una bomba nuclear).
Además, Teherán tuvo un gesto de desconfianza hacia Moscú, al rehusar almacenar (bajo el control del OIEA) su uranio en Rusia y en su lugar, expresó la disposición de almacenar su uranio en Turquía, de acuerdo con la iniciativa del OIEA, pero planteó ciertas condiciones que dificultan sobremanera el cumplimiento del acuerdo.
Las tensiones entre Rusia e Irán también aumentaron en diciembre pasado, cuando Ahmadineyad, encargó a sus expertos evaluar los daños causados a Irán por los países de la coalición anti-Hitler (URSS, EEUU y el Reino Unido) en los años cuarenta del siglo pasado. Esto significa que las reclamaciones financieras serán presentadas no sólo a Londres y Washington, sino también a Moscú.
Es poco probable que Rusia e Irán estrechen sus relaciones próximamente, sobre todo si se tiene en cuenta el nuevo informe del director general del OIEA, Yukiya Amano, sobre el programa nuclear de Irán, que será mucho más severo.
Tampoco favorece a mejorar las relaciones el hecho de que Teherán continúe prestando apoyo a grupos radicales islámicos como Hezbollah y los movimientos palestinos Hamas e Yihad Islámica; además, Irán no siempre desempeña un papel constructivo en la solución de problemas de Iraq, Afganistán, Líbano y Yemen.
La situación se agrava aún más a raíz de la falta de una cooperación económica estable entre Rusia e Irán y la actitud negativa que mantiene la oposición iraní hacia Moscú.
* Vladímir Yevséev es colaborador del Centro de seguridad internacional anexo al Instituto ruso de Economía Mundial y Relaciones Internacionales (Academia de Ciencias de Rusia)